jueves, febrero 26, 2026

Capítulo 1 — Hablar de salud mental también es hablar de salud

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Por años, hablar de salud mental fue casi un tabú. Mientras aprendimos a identificar una fiebre o una fractura, seguimos sin saber reconocer el cansancio emocional, la tristeza persistente o la ansiedad que aprieta el pecho. En Uruguay —y en buena parte del mundo— cuidar la mente sigue siendo un acto de valentía, aunque debería ser simplemente una forma de salud más.

“Yo no sabía que estaba mal hasta que me di cuenta de que ya no disfrutaba nada. Me levantaba, iba a trabajar, y todo era gris”, cuenta Lucía, de 34 años, diagnosticada con depresión leve hace tres años. “Cuando empecé terapia me sentí rara, como si estuviera haciendo algo malo. Hoy sé que fue lo mejor que pude haber hecho por mí”.

Lucía no está sola. Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), una de cada ocho personas en el mundo vive con algún trastorno de salud mental. En Uruguay, las cifras no son menores: el Ministerio de Salud Pública (MSP) estima que cerca del 20% de la población ha enfrentado o enfrenta alguna dificultad emocional significativa. Sin embargo, menos de la mitad llega a consultar a un profesional.

Romper el silencio

El silencio en torno a la salud mental tiene muchas causas. En parte, la falta de educación emocional desde la infancia; en parte, el estigma cultural que asocia pedir ayuda con debilidad. “La gente sigue diciendo ‘ponéle voluntad’, ‘salí a caminar’, ‘pensá en positivo’, como si una depresión se curara con frases de ánimo”, explica el psicólogo clínico Martín Cabrera, integrante de la Sociedad Uruguaya de Psicología.

El problema no es solo individual, sino social. En 2023, el Observatorio Nacional de Salud Mental alertó que Uruguay tiene una de las tasas más altas de suicidio de América Latina, con 21 casos cada 100.000 habitantes. Son cifras que hablan de una urgencia colectiva. “Cuando un país tiene tantos jóvenes que eligen no vivir, el problema no es solo de ellos. Es de todos”, subraya Cabrera.

La salud mental también se siente en el cuerpo

En la práctica médica, cada vez se reconoce más la relación entre mente y cuerpo. Estrés, ansiedad o tristeza prolongada pueden manifestarse con dolores físicos, trastornos digestivos, insomnio o fatiga crónica.

La médica internista Sandra Olazábal lo resume así:

“Vemos pacientes con migrañas, palpitaciones o presión alta, pero al indagar, la raíz está en un estrés sostenido o en una angustia no resuelta. El cuerpo grita lo que la mente calla”.

Los expertos coinciden en que no hay salud completa sin bienestar emocional. Y aunque el discurso médico empieza a incorporarlo, las políticas públicas todavía van por detrás.

Un sistema en deuda

En 2017, Uruguay aprobó la Ley de Salud Mental N° 19.529, un avance clave que estableció el principio de atención integral, priorizando el abordaje comunitario por sobre la institucionalización. La norma fue celebrada, pero su aplicación práctica sigue siendo limitada.

Según el informe 2024 del Comisionado Parlamentario para el Sistema Penitenciario y de Salud Mental, aún persisten falta de recursos humanos, carencia de centros especializados y demoras de hasta tres meses para acceder a psicoterapia en el sistema público.

“La ley fue un paso enorme, pero sin presupuesto no hay derechos efectivos”, señala Laura Sanguinetti, psiquiatra y asesora de políticas públicas en la región Este. “Se necesita formación, campañas de prevención, servicios accesibles en el interior del país y una mirada comunitaria real, no solo hospitalaria”.

La pandemia de COVID-19 profundizó esta crisis. La Organización Panamericana de la Salud (OPS) reveló que los niveles de ansiedad y depresión aumentaron más del 25% en América Latina entre 2020 y 2022. En Uruguay, los servicios de salud mental crecieron en demanda, pero no en recursos.

El costo de no hablar

No atender la salud mental tiene consecuencias que trascienden lo personal. Se refleja en el ausentismo laboral, en los problemas de convivencia, en el rendimiento escolar y, sobre todo, en la calidad de vida.

Un estudio de la Universidad de la República (Udelar), publicado en 2022, estimó que los trastornos de ansiedad y depresión generan una pérdida de productividad cercana al 2% del PBI nacional. Sin embargo, el presupuesto destinado al área representa apenas el 1,6% del gasto total en salud, según datos del MSP.

Es una paradoja que no solo afecta la economía, sino también el tejido social. Detrás de cada número hay personas que viven en silencio, que sienten vergüenza o miedo de ser juzgadas.

“Yo estuve años sin contarle a nadie que me medicaba. Sentía que era una falla mía”, confiesa Andrés, 42 años, empleado público. “Cuando un compañero me dijo que también estaba en tratamiento, sentí alivio. Recién ahí me di cuenta de que no estaba solo”.

Escuchar sin juzgar

Los especialistas coinciden en que el primer paso para mejorar la salud mental como sociedad es aprender a escuchar. Escuchar sin minimizar, sin intentar “arreglar” al otro, sin consejos fáciles.

“Una conversación puede ser el comienzo de una recuperación. Pero para que eso pase, la persona tiene que sentir que no será juzgada”, dice Carolina Funes, psicoterapeuta con más de veinte años de experiencia en Montevideo.

En ese sentido, las campañas públicas también cumplen un papel esencial. En países como Chile y España, el Estado impulsa campañas permanentes de prevención del suicidio y promoción del bienestar emocional. En Uruguay, el Programa Nacional de Salud Mental ha avanzado con líneas de atención gratuita, pero los especialistas reclaman mayor presencia mediática y continuidad educativa.

Políticas públicas que cuiden

La salud mental no puede depender solo de la voluntad individual. Requiere planificación, recursos y presencia del Estado.

Entre las propuestas más mencionadas por los expertos uruguayos figuran:

  • Incluir educación emocional desde primaria.
  • Integrar psicólogos en centros de salud de primer nivel y liceos.
  • Aumentar el presupuesto destinado al área.
  • Capacitar a docentes y policías en detección temprana de crisis emocionales.
  • Desarrollar campañas públicas permanentes de sensibilización.

“No se trata solo de atender enfermedades, sino de construir bienestar colectivo”, resume Sanguinetti. “Una sociedad sana no es la que tiene menos diagnósticos, sino la que ofrece más espacios para hablar y ser escuchado”.

La salud mental también es comunidad

Más allá de la atención médica, la comunidad juega un rol decisivo. Redes barriales, centros culturales, grupos de apoyo y voluntariados han demostrado ser herramientas poderosas para acompañar y contener.

En Maldonado, por ejemplo, el proyecto “Puertas Abiertas”, impulsado por la Intendencia y asociaciones locales, ofrece talleres de arte y acompañamiento psicológico a personas en situación de vulnerabilidad emocional. Desde su creación en 2021, ha atendido a más de 500 participantes.

“Vienen con ansiedad, con duelos, con problemas familiares, y acá encuentran un espacio donde no se los juzga”, cuenta Mariana Rodríguez, coordinadora del programa. “No reemplazamos a los terapeutas, pero sí les mostramos que no están solos”.

Experiencias como esta muestran que el bienestar emocional también se construye desde la empatía y la participación social.

Un cambio cultural necesario

El desafío final es cultural. Aprender a hablar de emociones, de dolor, de fragilidad, sin miedo ni vergüenza. Entender que ir al psicólogo no es signo de debilidad, sino de madurez. Que cuidar la mente es tan necesario como cuidar el corazón o los pulmones.

En palabras del escritor uruguayo Mario Benedetti: “Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto cambiaron todas las preguntas.”
Hoy la gran pregunta es cómo queremos vivir como sociedad: en silencio o con empatía.

Un cierre que abre camino

Hablar de salud mental es hablar de humanidad. No se trata solo de cifras, ni de diagnósticos, ni de leyes. Se trata de reconocer que todos, en algún momento, necesitamos ser escuchados.

Uruguay dio pasos importantes, pero todavía queda un largo camino. Hacer visible la salud mental es también construir ciudadanía: una donde el cuidado del otro no sea un favor, sino un deber colectivo.

Porque, al final, cuidar la mente también es cuidar la vida.

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