Capítulo 3 — El peso del silencio: ¿por qué cuesta pedir ayuda?

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Cuando Laura tenía 23 años, todo parecía “normal”. Tenía trabajo, amigos, pareja. Pero algo dentro de ella se fue apagando sin explicación. Dejaba de contestar mensajes, dormía mal, lloraba sin motivo. “Sabía que algo no estaba bien, pero no quería preocupar a nadie”, recuerda hoy, a sus 31. “Decía que era estrés, que ya se me iba a pasar. Hasta que un día no pude levantarme de la cama.”

El día que fue a su primera sesión de terapia, se sintió más nerviosa que en cualquier entrevista laboral. “Tenía vergüenza de que alguien me viera entrar al consultorio. Me costó admitir que necesitaba ayuda.”

Laura cuenta lo que a miles les pasa en silencio.
Porque hablar de salud mental sigue siendo difícil, incluso cuando el cuerpo ya no aguanta más.

El silencio como herencia cultural

En Uruguay —y en buena parte de América Latina— crecimos con frases como “no llores”, “hay que ser fuerte” o “no te quejes, hay gente peor”. Frases que parecen inocentes, pero que, repetidas durante años, enseñan que mostrar vulnerabilidad es un error.

“Tenemos una cultura del aguante, muy arraigada”, explica la psicóloga Jimena Blanco, integrante del Observatorio Nacional de Salud Mental. “Se valora al que sigue adelante sin mostrar dolor, pero eso termina generando más sufrimiento. Guardar lo que duele no lo hace desaparecer.”

Esa costumbre del silencio afecta especialmente a los hombres jóvenes.
De acuerdo con el informe 2023 del Ministerio de Salud Pública (MSP), el 78% de los suicidios en Uruguay corresponde a varones, y la mayoría nunca había pedido ayuda profesional antes. “No lo conté porque sentía vergüenza”, repiten muchos testimonios recogidos por el Observatorio.

El miedo al juicio

¿Por qué cuesta tanto decir “no puedo solo”?
Porque pedir ayuda todavía se asocia con debilidad, con falta de carácter o con “problemas de locos”. El miedo al juicio pesa más que el alivio de hablar.

“Cuando le conté a mi madre que tenía ataques de pánico, me dijo: ‘¡Pero vos siempre fuiste tan fuerte!’”, relata Matías, de 37 años. “Y ahí me di cuenta de que eso era parte del problema. Querer ser fuerte todo el tiempo te rompe por dentro.”

Según una encuesta del Latinobarómetro 2022, el 54% de los latinoamericanos cree que las personas con enfermedades mentales “deberían evitar hablar de su condición en público para no ser discriminadas”. Ese dato explica por qué el silencio sigue siendo tan común, incluso entre quienes saben que necesitan apoyo.

El peso invisible del aislamiento

No hablar de lo que pasa tiene efectos directos en la salud. La Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte que el aislamiento y la falta de comunicación aumentan hasta cuatro veces el riesgo de desarrollar depresión severa o ideación suicida.

En Uruguay, la Administración de los Servicios de Salud del Estado (ASSE) registró en 2024 más de 65.000 consultas de urgencia vinculadas a crisis emocionales, pero estima que la cifra real es mucho mayor. “Muchas personas ni siquiera llegan al sistema. Se quedan en casa, en silencio, hasta que la situación se agrava”, explica Blanco.

El silencio también afecta a las familias. No saber cómo acompañar a un ser querido genera culpa y confusión. “Mi hijo dejó de salir de su cuarto. Yo pensaba que era vagancia. Me costó entender que estaba enfermo”, dice Marta, madre de un joven atendido en el Hospital Vilardebó. “Cuando empezó a hablar, fue como si hubiera abierto una ventana.”

La primera palabra como punto de inflexión

El momento en que alguien se anima a hablar puede marcar un antes y un después.
Una llamada, un mensaje, una charla con un amigo o con un profesional.

“Pedir ayuda no es rendirse. Es reconocer que algo te supera y que merecés estar mejor”, explica la terapeuta Lucía Trías, especialista en intervención en crisis. “Cuando alguien habla, el dolor se organiza, empieza a tener sentido, y eso ya es un paso hacia la recuperación.”

Por eso, las líneas de atención y los espacios de escucha son tan importantes. En Uruguay, el 0800 0767 (o 098 111 0767) ofrece apoyo emocional gratuito las 24 horas, gestionado por el MSP y el Hospital de Clínicas. En 2024, el servicio recibió más de 100.000 llamadas, un 30% más que el año anterior.

No siempre se trata de buscar soluciones inmediatas. A veces, solo de no quedarse solo.

El papel del entorno

Una sociedad empática puede salvar vidas.
Escuchar sin juzgar, acompañar sin imponer, validar sin minimizar.

“El entorno tiene que ser un puente, no una barrera”, afirma Trías. “Si alguien se anima a hablar y la respuesta es ‘no puede ser tan grave’, probablemente no vuelva a intentarlo.”

Aprender a responder también es una forma de prevención. El Plan Nacional de Prevención del Suicidio del MSP recomienda tres pasos básicos:

  1. Escuchar activamente.
  2. No juzgar ni comparar.
  3. Acompañar hacia los servicios de salud.

Hablar no cura por sí solo, pero abre la puerta a la ayuda profesional.

Del silencio a la política pública

El silencio no es solo personal; también puede ser institucional.
Durante décadas, la salud mental ocupó un lugar marginal en las políticas de Estado.
Recién en los últimos años comenzó a ocupar espacio en la agenda pública, gracias a la presión de colectivos, periodistas, y profesionales del área.

La Ley de Salud Mental de 2017 estableció un marco legal progresista, pero aún con escasa implementación. En 2024, el presupuesto destinado al área no superó el 1,7% del gasto total en salud, lejos del 5% recomendado por la Organización Panamericana de la Salud (OPS).

“Los gobiernos hablan de prevención, pero sin recursos no hay prevención posible”, advierte Sergio Abreu, sociólogo especializado en políticas públicas. “Uruguay necesita campañas permanentes, no reacciones aisladas cuando ocurre una tragedia mediática.”

El silencio institucional es también una forma de abandono.

Romper el silencio: una tarea colectiva

Hablar de lo que duele no es fácil. Pero es la única forma de empezar a sanar.
Las historias de Laura, Matías o Marta muestran que romper el silencio puede salvar una vida.

“Cuando conté lo que me pasaba, no todo cambió enseguida. Pero me saqué un peso enorme de encima”, dice Laura. “De repente, ya no estaba sola.”

Romper el silencio también implica exigir que el Estado hable, que escuche, que planifique. Que la salud mental no dependa de la suerte o del dinero, sino del derecho.

Porque callar duele más que hablar.
Y cada palabra que se dice a tiempo puede convertirse en un punto de retorno.

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