En la mayoría de las conversaciones cotidianas, cuando alguien dice “no me siento bien”, solemos pensar en fiebre, gripe o dolor físico. Pero, ¿qué pasa cuando el malestar no se ve? ¿Cuándo el cuerpo está bien, pero la mente duele?
Hablar de salud mental no es hablar de debilidad ni de rareza. Es reconocer que la mente también puede enfermar, que necesita atención, descanso, acompañamiento y comprensión. Sin embargo, en Uruguay —como en buena parte del mundo— aún cuesta aceptar que un trastorno mental es una enfermedad real, tan legítima como cualquier otra.
“Yo no entendía lo que me pasaba. Todo me parecía cuesta arriba, como si me faltara energía para vivir”, recuerda Federico, 28 años, diagnosticado con trastorno de ansiedad generalizada. “Hasta que un psiquiatra me explicó que no era flojera, era mi cerebro pidiendo ayuda”.
Un problema más común de lo que parece
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), una de cada ocho personas en el mundo padece un trastorno mental. En Uruguay, las cifras del Ministerio de Salud Pública (MSP) indican que alrededor del 18% de la población adulta ha recibido diagnóstico o tratamiento psicológico en algún momento.
Los más frecuentes son la depresión, la ansiedad y los trastornos adaptativos (reacciones intensas frente a situaciones de estrés). Pero hay muchos otros: bipolaridad, esquizofrenia, trastornos de la conducta alimentaria, ataques de pánico o estrés postraumático, entre otros.
“Durante años se pensó que los trastornos mentales eran un problema de unos pocos. Hoy sabemos que pueden afectar a cualquiera, sin importar edad, clase social o nivel educativo”, explica la psicóloga Valeria Dufrechou, integrante del equipo técnico del MSP.
El desafío, agrega, está en reconocer los síntomas a tiempo y no subestimarlos:
“Si alguien tiene fiebre, va al médico. Pero si llora todos los días o no puede dormir, tiende a esconderlo. Esa diferencia cultural entre el cuerpo y la mente nos está costando caro”.
Cifras que reflejan una urgencia
En los últimos diez años, las consultas por salud mental en Uruguay se duplicaron, según datos del SNIS (Sistema Nacional Integrado de Salud). En Montevideo y Maldonado, los servicios públicos registran largas listas de espera y falta de profesionales especializados.
A nivel mundial, la OMS estima que más del 70% de las personas con trastornos mentales no reciben tratamiento. En América Latina, la brecha es aún mayor debido a la escasez de recursos, la falta de cobertura y la persistencia del estigma.
El Banco Mundial advierte que por cada dólar invertido en tratamiento de depresión y ansiedad, los países recuperan cuatro dólares en productividad y bienestar social. Es decir, invertir en salud mental no solo es justo: también es económicamente inteligente.
Comprender para acompañar
La salud mental no es solo una cuestión médica: es también social, familiar y cultural. Comprender que la mente puede enfermar permite acompañar sin juzgar.
“Cuando alguien atraviesa una crisis, lo peor que puede escuchar es ‘ponéle ganas’ o ‘tenés todo para estar bien’”, señala Alejandro Acosta, terapeuta familiar y docente de la Universidad Católica. “El apoyo no está en dar consejos, sino en ofrecer presencia. Escuchar, validar, y decir: ‘Estoy acá si necesitás hablar’”.
Detrás de cada persona que logra recuperarse, suele haber alguien que no la soltó de la mano. Un familiar, un amigo, un docente, un compañero de trabajo. Por eso, entender los signos de alarma —aislamiento, cambios bruscos de ánimo, irritabilidad, apatía, insomnio o falta de concentración— es fundamental para ofrecer ayuda temprana.
“Mi hija tenía 15 años y empezó a dejar de comer. Pensamos que era algo pasajero, una etapa. Cuando llegamos al hospital, nos dijeron que tenía un trastorno alimentario avanzado”, relata Carolina, madre de una adolescente atendida en el Hospital Vilardebó. “Hoy está bien, pero me costó aceptar que esto también era una enfermedad”.
El peso del estigma
La palabra “locura” todavía ronda muchas conversaciones sobre salud mental. En Uruguay, aunque se han cerrado progresivamente instituciones psiquiátricas de internación prolongada, aún persisten imaginarios que vinculan enfermedad mental con peligro o incapacidad.
Esa mirada genera miedo a pedir ayuda, especialmente entre varones jóvenes. Según el Observatorio Nacional de Salud Mental, más del 75% de los suicidios en Uruguay corresponden a hombres, en su mayoría menores de 40 años.
“A los varones nos cuesta decir que estamos mal. Sentimos que tenemos que poder con todo”, dice Federico. “Yo me animé a ir al psiquiatra porque un amigo me contó que también estaba en tratamiento. Si no, todavía estaría escondiendo lo que me pasa”.
El silencio es, en muchos casos, el peor enemigo. Por eso, los especialistas insisten en que hablar salva vidas. Romper el estigma empieza por reconocer que la mente, como cualquier órgano, necesita cuidados.
Más allá del diagnóstico
Un diagnóstico no define a una persona. Es una herramienta que ayuda a entender lo que sucede y orientar un tratamiento. Pero la recuperación incluye mucho más: apoyo familiar, terapia, hábitos saludables, comunidad y, sobre todo, esperanza.
La OMS estima que entre el 60% y el 80% de las personas con depresión pueden recuperarse completamente con el tratamiento adecuado. Sin embargo, en Uruguay solo un 40% de los pacientes diagnosticados accede de forma sostenida a la atención psicológica o psiquiátrica.
“La clave está en la continuidad y en un abordaje integral, no solo medicar”, explica Dufrechou. “Necesitamos equipos interdisciplinarios, trabajo comunitario y seguimiento. Si tratamos la mente aislada del entorno, el proceso queda incompleto”.
El rol del Estado
Hablar de salud mental sin hablar de políticas públicas es dejar la historia a medias.
En 2024, el Programa Nacional de Salud Mental destinó apenas un 1,6% del presupuesto del MSP a este rubro, muy por debajo del 5% recomendado por la OPS. Los recursos no alcanzan para cubrir la demanda creciente, especialmente en el interior del país.
Uruguay cuenta con profesionales formados y con una ley avanzada, pero necesita presupuesto, planificación y campañas sostenidas. La prevención no puede depender solo de la voluntad individual o del acceso privado.
“Si un joven con ansiedad tiene que esperar tres meses para ser atendido, el sistema está fallando”, sostiene Acosta. “Cuidar la salud mental debería ser una política de Estado, no un lujo”.
Hacia una nueva mirada
Aceptar que la mente también se enferma no es rendirse, es entendernos mejor. Es dar el paso hacia una sociedad más empática, donde pedir ayuda no sea motivo de vergüenza, sino de cuidado mutuo.
Porque si algo nos enseñan los testimonios, es que nadie se salva solo.
Y que reconocer el dolor no nos hace débiles, sino humanos.
Fuentes consultadas:
Organización Mundial de la Salud (OMS), World Mental Health Report 2022.
Ministerio de Salud Pública (Uruguay), Programa Nacional de Salud Mental 2024.
Observatorio Nacional de Salud Mental, Informe 2023.
Banco Mundial, Return on Investment in Mental Health, 2022.
Universidad de la República, Estudio sobre prevalencia de trastornos mentales en Uruguay, 2021.
Entrevistas y testimonios anónimos recogidos por el autor.



