Entre la eficiencia y la saturación: el auge del consumo acelerado de contenido audiovisual

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El consumo digital atraviesa una transformación silenciosa pero intensa: cada vez más personas, sobre todo jóvenes, recurren al “speed-watching” —es decir, reproducir series, pódcasts, videos o audios a 1.25×, 1.5× o incluso 2× su velocidad original— con la idea de “ganar tiempo” y mantenerse al día con el contenido que prolifera en redes, plataformas de streaming y grupos de chat.

¿Por qué gana terreno el consumo acelerado?

La expansión del fenómeno no puede separarse de la cultura de la inmediatez: con un flujo constante de lanzamientos —series, documentales, música, audios virales, pódcasts— muchas personas sienten la presión de “no quedarse atrás” en lo que consume la sociedad. Esa urgencia, combinada con la lógica de optimización del tiempo, convierte al speed-watching en una respuesta práctica al exceso de estímulos digitales.

Por otro lado, las plataformas de streaming y las apps favorecen ese ritmo: botones de ajuste de velocidad, listas interminables, notificaciones constantes. Todo estimula la idea de “consumir más en menos tiempo”.

¿Qué le pasa al cerebro cuando aceleramos el consumo?

La idea de que ver contenido más rápido ayuda a ahorrar tiempo es comprensible. Pero estudios recientes advierten sobre un costo: acelerar demasiado —sobre todo hacia 2× o más— puede afectar la comprensión, la retención de información y la capacidad de concentración.

Por ejemplo, un metaanálisis sobre videos educativos indicó que, si bien velocidades de hasta 1.5× implican una baja mínima en el rendimiento cognitivo, a partir de 2× la caída es notable. Esto no solo compromete la memoria a corto plazo, sino también la consolidación del aprendizaje. Otro hallazgo señala que la aceleración constante reduce nuestra tolerancia a pausas, espera o ritmos lentos —lo que puede traducirse en dificultades para disfrutar contenidos con cadencia normal, leer o concentrarse en tareas largas.

Además, el uso habitual del speed-watching puede alterar la relación con el ocio, el descanso y la paciencia: lo que antes se vivía como un disfrute pausado —una serie, una charla, un documental— pasa a medirse en eficiencia, tiempo ahorrado y “checklist” de consumo.

Beneficios en ciertos contextos… con matices necesarios

No todo es negativo: para contenidos muy largos, repetitivos o densos —como clases en video, conferencias, pódcasts informativos— verlos a 1.25× o 1.5× puede ser útil para resumir ideas principales sin aburrirse. Algunos estudios sugieren que en adultos jóvenes el rendimiento no decae notablemente a esa velocidad.

Pero los expertos advierten: no basta con “dar play al doble”. Es clave evaluar la complejidad del contenido, el contexto de consumo (si es aprendizaje, entretenimiento o información), y el estado de atención del usuario. Una estrategia equilibrada puede combinar momentos de consumo acelerado con pausas, reflexión y contenido a velocidad normal.

En definitiva: una herramienta, no un hábito automático

El speed-watching no es en sí “malo” ni condenable; es una herramienta que puede servir en ciertos escenarios donde el objetivo es repasar contenido, resumir información o ponerse al día. Pero su uso indiscriminado, constante y motorizado por la urgencia de “estar al día” puede generar efectos colaterales: menor profundidad en la comprensión, fatiga cognitiva, pérdida de tolerancia al ritmo pausado y sobrecarga mental.

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